domingo, 2 de septiembre de 2007

ELÍAS MEJÍA


Elías Mejía

Elías Mejía, es un poeta quindiano que ha venido ejerciendo su oficio desde una perspectiva silenciosa; es poca la obra que publica y que nos llega desde hace años; pero alguna circula de mano en mano de poetas colombianos, que tienen viva en la memoria versos tan evocativos como:

“Quiero volver a verla
para completar el poema
con el rubí
de su entrepierna
con el ónix de su espalda
y con la perla violenta de su cuerpo de seda.”
(Poema de dieciocho quilates)

Después de agitar el cotarro provinciano en los postreros ochenta con versos que exponían la condición de personaje público del poeta frente a la pacatería y la molicie intelectual, de una provincia que solo sabía de café plátano y jeeps Willis coronados por catres de metal, en donde en sus cabeceras, –casi siempre–, asomaba una bacinica de hojalata pintada con tórtolas azules.

“Me erijo dios de mi pueblo
dios de mi ciudad
de hoy en adelante
mi nombre debe ser escrito con letra mayúscula
mínimo la primera.
…….
Aunque las consabidas buenas costumbres
con su carga de madres hipócritas
de moralistas iletrados
y de policías obtusos
afirman que soy una basura,

Digo que,
aun así,
la palabra basura cuando a mí
haga referencia,
debe ser escrita con letra mayúscula,
mínimo la primera.”



Su obra lenta, ya madura entre pausas de café y vino tinto; circula como zamizdat luminoso y cristalino, con una cadencia intima que deja ver entre sus versos los abatares, las lecturas-palimpsestos, y los descubrimientos estéticos de este escritor, que todavía tiene muchos ases en la manga de su saco de paño ingles. Esperemos que en las próximas partidas, saque con gesto de dandy la carta mayor, y que el as con las chartes sur le table brille y nos sorprenda con su nueva producción….Por el momento un pequeño abre bocas:

ZAGA DE UNA LECTURA
(Arturo Alape, proveedor)


LA MANÍA

No podía tomar un libro prestado
sin rayar sus páginas;
amaba dejar mensajes en ellas
y sobreponer su opinión
sobre la opinión y pensamiento de los dueños.

Por esa inevitable vanidad
perdió amigos:
lo dejaron solo
cuando no soportaron más sus trazos rojos
sobre las huellas de los lápices
de los primeros lectores,
y verdes o azules o muy negras
bajo otros renglones;
eso era como negarse a estar de acuerdo;
eran batallas en las páginas,
insoportables tiranías
desdibujando la huella inicial
de quienes los habían leído primero
y a quienes debían ser devueltos.



DISCULPAS

Ofrezco disculpas al autor de este libro:
la tinta ha mojado mi dedo pulgar
porque la pluma fuente,
siempre suelta su entusiasmada sangre negra donde no debe.

Ofrezco disculpas
pues con esa tinta
he dejado la huella:
por aquí pasé yo, leyendo:
la huella dactilar
que no ha debido ser
la de quien escribe estos versos.


RESPETOS

Me ha gustado tanto tu libro
que lo he leído despacio,
devolviendo las páginas,
saboreando las frases,
respetando las pausas.

¡Me ha gustado tanto tu libro!


De tus palabras de tinta
surge una fuerza nueva
que viene a contagiarme.

Después de cada párrafo
siento que podría escribir un poema,
un libro entero en cada doble espacio.

La vida de esos niños pobres ultrajados,
la poética de la miseria
las pruebas del fuego de la valentía
la humillación y la inocencia
que pusiste a vivir en tu libro,
vienen a despertarme al poema de nuevo.

Sin saberlo.
Nadie lo sabía.
Sólo tú sabias cómo era ese vuelo
Ya has vuelto a despertarme.


IMPULSOS

En la página treinta y cuatro
decidí no subrayar más
las frases del libro.
Dije:
el contenido de este libro es muy hermoso
y debo prestarlo a mis amigos;
para ello debe estar limpio
como la narración que contiene,
no debo romper su ritmo
con estos torpes trazos.

Este libro es muy hermoso.
En la página treinta y cuatro
decidí no subrayar más…,
pero algo muy intimo me dice
que no voy a lograrlo.


LIBROS MUERTOS

Para qué los márgenes,
para qué esos bordes blancos
si no es para tomar nota
para dejar la huella
de la memoria
que se va inventando sola
entre los renglones.

No entiendo a esos dueños de libros
impolutos, puestos en los anaqueles,
adornando bibliotecas quietas.

Sospecho de la inteligencia
de esos hombres y sus libros
y sus fichas aparte
para dejar los márgenes blancos,
vacíos de emociones y de encuentros:
hombres que no tienen afán
para consignar su dialogo
con las paginas:
libros muertos.


LA POSE

Detrás de la sonrisa
están los fantasmas,
pero el flash los ha borrado con su luz.

Desaparecen las sombras de su vida
en la foto de la tarde.

No sirvió para nada esta vez
la nitidez de los recuerdos.



FRAGILIDAD

He perdido su cara,
de su gesto apenas queda
un trazo
diluyéndose
en el agua de la memoria.

Ni siquiera el miedo es real:
fue suficiente el poco tiempo
para olvidar:
dulce fragilidad del recuerdo.

No puedo dibujar el rostro de esa loca,
que irascible acosaba con sus gritos
bajo el cielo alunado de mi niñez,
mientras abuela
atizaba el fuego en la hornilla.